No hay una geopolítica de la corrupción

Como ranas que saltan de una olla de agua que se calentó demasiado rápido, distintos gobiernos alrededor del mundo parecen saltar al toparse con escándalos de corrupción y sus implicaciones internacionales.

En Brasil, la operación Lava Jato llevó a la presidenta Dilma Rousseff a un juicio político sin importar que su país se encontrara a semanas de ser el anfitrión de los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro. Los Panama Papers han sido nombrados como los responsables de cambios políticos tan diversos como haber hecho renunciar al Primer Ministro de Islandia y haber tocado a los gobernantes de países tan diversos como Argentina, China y el Reino Unido. Si bien estos casos tienen implicaciones internacionales, y un artículo reciente de Foreign Affairs muestra lo fácil que sería declarar que la corrupción es geopolíticamente relevante y el nuevo tema de política exterior, este no es el caso. Lo que se sabe sobre la corrupción no está unificado bajo una misma discusión y mucho menos bajo una misma perspectiva dentro de países individuales. Esta condición tiene implicaciones para los contextos nacionales que impiden que sea un tema relevante para la política exterior de cualquier país.

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Imagen: http://panamapapers.sueddeutsche.de/en/

Cuando se discute la corrupción en el ámbito internacional, hay dos tipos de información: la producida por y para empresas multinacionales, que tiende a concentrarse en evaluar el cumplimiento de leyes con jurisdicción extraterritorial como el UK Bribery Act o el US Foreign Corrupt Practices Act, y la que producen organizaciones internacionales o regionales para utilizar como indicadores con características diversas. Si bien el primer tipo incluye estudios de caso y análisis de riesgo empresarial y el segundo tipo incluye índices de percepción y victimización de corrupción, ambos tipos de información llevan a discusiones separadas que rara vez se unifican en una misma perspectiva o disciplina. Por ejemplo, mientras que el Proyecto de Opinión Pública de América Latina, LAPOP, dice que una cantidad relativamente pequeña de mexicanos dice ser víctima de la corrupción (27.2% en 2014[1]), KPMG dice que un 89% de los empresarios mexicanos considera que la corrupción es el principal desafío para la competitividad en el ambiente de negocios en México[2]. Aunque unificar ambos tipos de información puede parecer intuitivo, el hecho de que en realidad hablan de cosas distintas lleva a que formen argumentos débiles. Mientras que es imposible saber si los mexicanos encuestados por LAPOP hablan de su percepción de las acciones de los políticos (¿un ciudadano de un municipio con un alcalde corrupto es una víctima de la corrupción?) o de alguna vez haber pagado un soborno (si ofrecieron el soborno, ¿son víctimas o victimarios?), es igualmente imposible saber si los empresarios consideran a la corrupción un desafío porque se rehúsan a tomar parte en ella (es decir, la corrupción les impide hacer negocios) o porque lo hacen constantemente (la corrupción ya les cuesta dinero). Si los empresarios sondeados forman parte del conjunto de mexicanos en el estudio de LAPOP, sería especulación asumir que lo que se ve es un desacuerdo o incluso que ambos resultados están relacionados. Incluso dentro del mismo estudio de LAPOP, la baja victimización se combina con una percepción de corrupción alta en México, lo cual saca aún más preguntas: ¿los mexicanos perciben mucha corrupción porque el estudio no cubre todos los incidentes experimentados por los encuestados, o tienen muy poca tolerancia para los que sí son cubiertos? La relación que podría tener entre sí toda esta información no se ha estudiado lo suficiente.

Hablar de más de una política exterior en un solo gobierno equivaldría a hablar de más de un gobierno.

Llamar a la corrupción un tema de la política exterior de algún país implicaría que existe una perspectiva unificada al respecto dentro de países específicos. Es así que, aunque distintas facciones políticas estén en desacuerdo sobre los medios para lograrlo, sería difícil encontrar un político estadounidense prominente cuya perspectiva de política exterior no estuviera basada en el papel preponderante de la fuerza militar de su país. De la misma manera, sería difícil encontrar un político mexicano cuya perspectiva sobre política exterior no estuviera guiada por la importancia de la relación entre México y Estados Unidos. Exceptuando las propuestas radicales, las cuales generalmente incluyen algún elemento de reestructuración de las instituciones existentes, la política exterior no puede tener perspectivas que se ignoren mutuamente dentro de un mismo gobierno. Una divergencia de ese tipo se parecería al escenario de inestabilidad política que se vio en el Reino Unido cuando Escocia, Irlanda del Norte y la ciudad de Londres votaron para quedarse en la Unión Europea y el resto de Inglaterra y Gales no estuvo de acuerdo. Es decir, hablar de más de una política exterior en un solo gobierno equivaldría a hablar de más de un gobierno.

Dado que no existe un concepto de corrupción como existe uno, por ejemplo, de derechos humanos, sería imposible tratar ambos temas a la par en un escenario de práctica o estudio de la política exterior.

De forma similar, hablar de geopolítica, que es el área de estudio de la política exterior, requiere una discusión unificada. No existe una teoría unificada de la política exterior en el ámbito de las relaciones internacionales, pero las distintas teorías sí pueden discutir acerca de un tema de política exterior en los mismos términos. Por ejemplo, las discusiones sobre derechos humanos son acerca de su aplicación o falta de ella en distintos contextos geográficos y políticos, no sobre su naturaleza. Con la corrupción, por otro lado, las discusiones tienden a ser acerca de la naturaleza del problema (¿la corrupción son solo sobornos?, ¿incluye el nepotismo y los conflictos de intereses?) y de las acciones para contrarrestarlo al nivel nacional (¿hay Estado de derecho?, ¿hay un poder judicial independiente?, ¿existe un servicio civil de carrera?). Dado que no existe un concepto de corrupción como existe uno, por ejemplo, de derechos humanos, sería imposible tratar ambos temas a la par en un escenario de práctica o estudio de la política exterior.

Si algo es claro en el estudio de la corrupción, es que haber continuado la discusión sin unificarla ha sido un error dañino para todos los participantes y afectados.

Una estrategia racional, al ver la falta de unificación dentro del estudio de la corrupción, sería que se estimulara la investigación sobre el tema para aclarar este tipo de preguntas. No obstante, lo que se produce son documentos que reimprimen listados de estadísticas como la de LAPOP o el Índice de Percepción de Corrupción de Transparencia Internacional en sus propios reportes sin análisis ni contexto, o caen en proposiciones que siguen una fórmula estándar de “si la corrupción es mala, lo contrario de corrupción ha de ser bueno”. Esto sin mencionar las confusiones entre correlación y causalidad y demás errores analíticos que se pueden encontrar en estudios prominentes como “México: Anatomía de la corrupción”, del Instituto Mexicano de la Competitividad. Si algo es claro en el estudio de la corrupción, es que haber continuado la discusión sin unificarla ha sido un error dañino para todos los participantes y afectados.

Esta falta de entendimiento se vuelve clara cuando la corrupción se discute en prácticamente cualquier contexto nacional y después en foros internacionales.

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Imagen “corrupcion” por M MG, licencia BY-NC-SA

Por ejemplo, en 2015, el Secretario de la Función Pública de México, Virgilio Andrade, concluyó una investigación de un año acerca de las compras inmobiliarias del presidente Enrique Peña Nieto y su esposa. En esa ocasión, se reportó que la corrupción era un asunto meramente legal y que el presidente de México no había cometido ningún acto corrupto. Unas semanas después, Andrade se presentó en San Petersburgo para la Conferencia 2015 de Estados partícipes del Convención de las Naciones Unidas Contra la Corrupción y habló de la corrupción como “un fenómeno estructural que limita la eficiencia y la eficacia de los gobiernos”. Unos meses después, al hablar en un foro de organizaciones de la sociedad civil en la Ciudad de México, la llamó “no un asunto racial, sino cultural”. Es decir, de acuerdo al entonces zar anticorrupción mexicano, la corrupción de repente ya no fue un tema meramente legal, sino uno estructural y después uno cultural. La política exterior se diseña cuidadosamente, ya que ambigüedades como esta pueden causar dificultades mayores en cuanto a lo que un país puede ofrecer en el ámbito internacional y lo que sus aliados pueden esperar. Si la corrupción fuera un tema de política exterior, una situación como la de Andrade habría causado dificultades para México y para todos los países cuyos representantes lo escucharon.

Imaginemos por un momento que Hillary Clinton, en su papel como Secretaria de Estado de Estados Unidos, pasara de decir que los derechos LGBT son derechos humanos en Ginebra a llamarlos “un asunto cultural” en Washington.

Si la corrupción fuera un tema de política exterior, habría consecuencias internacionales cuando políticos como Andrade hicieran declaraciones incongruentes. Asimismo, habría un esfuerzo por conectar cualquier divergencia de perspectivas sobre el tema dentro de una misma disciplina. Los temas geopolíticos o de política exterior permiten desacuerdos internos, pero no separaciones conceptuales. Si bien la corrupción podría llegar a convertirse en un tema relevante para la política exterior, no habrá tal cosa como una geopolítica de la corrupción mientras no haya una perspectiva unificada al respecto dentro de los países que decidan tratar a la corrupción de esta manera o dentro de la academia que la estudia.


[1] Matthew M. Singer, Ryan E. Carlin, and Gregory J. Love (2014) Ch. Corruption in the Americas. In Elizabeth J. Zechmeister, The Political Culture of Democracy in the Americas, 2014: Democratic Governance across 10 Years of the AmericasBarometer. Nashville, Tennessee: Latin American Public Opinion Project (LAPOP)

[2] R. Cabrera. (2015). Perspectivas de la Alta Dirección en México 2015. México:KPMG.

Imagen de portada La corrupción por withquietintentions, usada bajo licencia CC-NC / recortada y reescalada.

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Category: InternacionalPolítica

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Article by: Francisco García González

Francisco García González estudió la Licenciatura en Relaciones Internacionales y la Maestría en Administración Pública y Política Pública en el Tecnológico de Monterrey. Sus áreas de especialización incluyen la corrupción, los conflictos de intereses, el populismo y la seguridad. Actualmente es profesor de cátedra en el Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México.